Bonita irlandesa-polaco-americana, genéticamente miserable, 26, sexo opuesto, disfruto con una charla inteligente y también con un rato divertido; me gusta la poesía y los cafés.
Por supuesto, al pie del anuncio venía la dirección de la red donde se podía entrar en contacto con ella y a la que exigía, en caso de hacerlo, que se remitiese una fotografía reciente. Tomé nota de su código y estuve durante algún tiempo cavilando sobre qué podía enviar allí junto a mi imagen, si es que cabía enviar algo que compensase eso. Al final di en redactar un breve mensaje. Como identificación nacional y poética, y pensando en el gusto americano, lo cerré con la traducción aproximada al inglés de un par de versos del Grito hacia Roma de Federico García Lorca:
...hasta que las ciudades tiemblen como niñas
y rompan las prisiones del aceite y de la música.
Al día siguiente, al encender el ordenador, encontré un mensaje:
Niña temblorosa dispuesta a romper las prisiones del aceite, sean las que sean. Búscame en un rincón de esta ciudad: 58 con la Quinta, este viernes a las seis. Llevaré una bufanda roja y amarilla para ti (si no puedo comprarla, tendré que tejerla; eso estará bien). El nombre es Adrienne.
(...)
La vista que había al otro lado de sus ventanas era de veras fastuosa, lo suficiente como para merecer la presumible renta. Al tiempo que la orquesta se desbandaba, desgarrando aquella melodía uniforme hasta hacerle adquirir la soltura del jazz, Adrienne comenzó a desvestirse, como debía hacerlo, pensé, para los otros hombres que respondían a su anuncio. La vi salir, blanca y engañosamente frágil, de debajo de su jersey rojo y de su falda oscura. Quizá no tuve que hacerlo (aunque ella era bonita, como prometía su reclamo), pero cuando me invitó prescindí de todo y traté de ser sólo lo que ella esperaba. De madrugada, Adrienne salió a despedirme al rellano. Abrazada a mí, pasando despacio la mano sobre mis cabellos, pronunció afectuosamente su advertencia:
-Si alguna vez quiero volver a verte, te llamaré. Si vienes por aquí sin que yo te haya llamado, el portero te impedirá entrar. Si te quedas en la puerta, telefoneará a la policía. Si alguna vez me sigues, pagaré a alguien para que te haga daño.
No había sido en toda la noche tan dulce como cuando dijo las dos últimas palabras, hurt you. Conforme se abrió la puerta del ascensor me metió dentro, y antes de que se cerrara y nos separase me envió un beso soplando sobre la palma de su mano abierta. Durante muchos días después pensé que aquel leve beso soplado era todo el recibimiento que la ciudad vacía había de darme. Así era el invierno, en el corazón helado de Liberty City. En cuanto a Adrienne, no me llamó nunca.
Lorenzo Silva.
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