Parecías otro; menos envarado, más desenvuelto.
(...)
Cuando ahora evoco aquellos días, se me antojan tan enmarañados como esas enredaderas que al crecer se aferran a un muro, mientras sus ramas se multiplican y se enzarzan entre sí, hasta formar un enramado tupido en el que no cabe la posibilidad de saber dónde se encuentran los principios y los finales.
De pronto, el tiempo se convirtió en un día eterno. Tu presencia era continua y las horas pasaban sin esperas y sin temores.
(...)
Lo único que sobresalía era el mágico refugio de tu voz, de tu forma de expresarte, de moverte, de mirar.
Mercedes Salisachs.
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