Luis Sepúlveda.
jueves, 31 de mayo de 2007
Un viejo que leía novelas de amor (fragmento)
Al revisar los textos de geometría se preguntaba si verdaderamente valía la pena saber leer, y de esos libros guardó una frase larga que soltaba en los momentos de mal humor: "La hipotenusa es el lado opuesto al ángulo recto en un triángulo rectángulo". Frase que más tarde causaba estupor entre los habitantes de El Idilio, y la recibían como un trabalenguas absurdo o una abjuración incontestable.
miércoles, 30 de mayo de 2007
2666 (fragmento)
Cinco meses después, ya instalada otra vez en Inglaterra, Liz Norton recibió por correo un regalo de su amigo alemán. Se trataba, como es fácil adivinar, de otra novela de Archimboldi. La leyó, le gustó, buscó en la biblioteca de su college más libros del alemán de nombre italiano y encontró dos: uno de ellos era el que ya había leído en Berlín, el otro era Bitzius. La lectura de este último sí que la hizo salir corriendo. En el patio cuadriculado llovía, el cielo cuadriculado parecía el rictus de un robot o de un dios hecho a nuestra semejanza, en el pasto del parque las oblicuas gotas de lluvia se deslizaban hacia abajo pero lo mismo hubiera significado que se deslizaran hacia arriba, después las oblicuas (gotas) se convertían en circulares (gotas) que eran tragadas por la tierra que sostenía el pasto, el pasto y la tierra parecían hablar, no, hablar no, discutir, y sus palabras ininteligibles eran como telarañas cristalizadas o brevísimos vómitos cristalizados, un crujido apenas audible, como si Norton en lugar de té aquella tarde hubiera bebido una infusión de peyote.Pero la verdad es que sólo había bebido té y que se sentía abrumada, como si una voz le hubiera repetido en el oído una oración terrible, cuyas palabras se fueron desdibujando a medida que se alejaba del college y la lluvia le mojaba la falda gris y las rodillas huesudas y los hermosos tobillos y poca cosa más, pues Liz Norton antes de salir corriendo a través del parque no había olvidado coger su paraguas.
Roberto Bolaño.
martes, 29 de mayo de 2007
Los exploradores
Tres cronopios y un fama se asocian espeleológicamente para descubrir las fuentes subterráneas de un manantial. Llegados a la boca de la caverna, un cronopio desciende sostenido por los otros, llevando a la espalda un paquete con sus sandwiches preferidos (de queso). Los dos cronopios-cabrestante lo dejan bajar poco a poco, y el fama escribe en un gran cuaderno los detalles de la expedición. Pronto llega un primer mensaje del cronopio: furioso porque se han equivocado y le han puesto sandwiches de jamón. Agita la cuerda y exige que lo suban. Los cronopios-cabrestante se consultan afligidos, y el fama se yergue en toda su terrible estatura y dice: NO, con tal violencia que los cronopios sueltan la soga y acuden a calmarlo. Están en eso cuando llega otro mensaje, porque el cronopio ha caído justamente sobre las fuentes del manantial, y desde ahí comunica que todo va mal, entre injurias y lágrimas informa que los sandwiches son todos de jamón, que por más que mira y mira, entre los sandwiches de jamón no hay ni uno solo de queso.
Julio Cortázar.
Julio Cortázar.
lunes, 28 de mayo de 2007
Mucho más grave
Todas las parcelas de mi vida tienen algo tuyo
y eso en verdad no es nada extraordinario
vos lo sabés tan objetivamente como yo
sin embargo hay algo que quisiera aclararte cuando digo todas las parcelas
no me refiero sólo a esto de ahora a esto de esperarte y aleluya encontrarte
y carajo perderte y volver a encontrar y ojalá nada más
no me refiero sólo a que de pronto digas voy a llorar
y yo con un discreto nudo en la garganta bueno llorá
y que un lindo aguacero invisible nos ampare
y quizá por eso salga enseguida el sol ni me refiero sólo a que día tras día
aumente el stock de nuestras pequeñas y decisivas complicidades
o que yo pueda o creerme que puedo convertir mis reveses en victorias
o me hagas el tierno regalo de tu más reciente desesperación no
la cosa es muchísimo más grave cuando digo todas la parcelas
quiero decir que además de ese dulce cataclismo
también estas rescribiendo mi infancia
esa edad en que uno dice cosas adultas y solemnes
y los solemnes adultos las celebran y vos en cambio sabés que eso no sirve
quiero decir que estás rearmando mi adolescencia
ese tiempo en que fui un viejo cargado de recelos
y vos sabés en cambio extraer de ese páramo
mi germen de alegría y regalarlo mirándolo
quiero decir que estás sucumbiendo mi juventud
ese cántaro que nadie tomó nunca en sus manos
esa sombra que nadie arrimó a su sombra y vos en cambio sabés estremecerla
hasta que empiecen a caer las hojas secas
y quede la armazón de mi verdad sin proezas
quiero decir que estás abrazando mi madurez
esta mezcla de estupor y experiencia este extraño confín de angustia y nieve
esta bujía que ilumina la muerte este precipicio de la pobre vida
como ves es más grave muchísimo más grave porque con éstas o con otras palabras
quiero decir que no sos tan sólo la querida muchacha que sos
sino también las espléndidas o cautelosas mujeres que quise o quiero
porque gracias a vos he descubierto (dirás ya era hora y con razón)
que el amor es una bahía linda y generosa que se ilumina y se oscurece
según venga la vida una bahía donde los barcos llegan y se van
llegan con pájaros y augurios y se van con sirenas y nubarrones
una bahía linda y generosa donde los barcos llegan y se van pero vos por favor
no te vayas.
Mario Benedetti.
viernes, 25 de mayo de 2007
Poderoso caballero es don Dinero (fragmento)
Madre, yo al oro me humillo,
Él es mi amante y mi amado,
Pues de puro enamorado
De contino anda amarillo.
Que pues doblón o sencillo
Hace todo cuanto quiero,
Poderoso Caballero Es don Dinero.
(...)
Por importar en los tratos
Y dar tan buenos consejos,
En las Casas de los viejos
Gatos le guardan de gatos.
Y pues él rompe recatos
Y ablanda al juez más severo,
Poderoso Caballero Es don Dinero.
(...)
Nunca vi Damas ingratas
A su gusto y afición,
Que a las caras de un doblón
Hacen sus caras baratas.
Y pues las hace bravatas
Desde una bolsa de cuero,
Poderoso Caballero Es don Dinero.
Francisco de Quevedo.
miércoles, 23 de mayo de 2007
En los días de lluvia (fragmento)
Por eso, mientras llueve,
agradezco tu cuerpo entre las sábanas
y esta pasión desierta
de acariciar tus muslos,
más o menos extraños
y hermosos como un sueño
que acaba de llegar.
(...)
Es más sabio el amor cuando amanece,
cuando ya empieza a oírse la mañana,
por el camino largo, desierto de tu piel.
Luis García Montero.
El sueño eterno (fragmento)
Eran aproximadamente las once de la mañana de un mediados de octubre sin sol y con una copiosa lluvia en la claridad al pie de las sierras. Llevaba yo mi traje azul pólvora, camisa azul oscura, corbata y un pañuelo desplegado, zapatos gruesos y negros, medias negras de lana, con cuadrados azul oscuro. Estaba yo pulcro, limpio, afeitado y sobrio y me importaba muy poco quien lo supiera. Era en todo el detective privado tal cual debe ser. Iba a pedir cuatro millones de dólares.
Raymond Chandler.
martes, 22 de mayo de 2007
La invención de Morel (fragmento)
Recorrí los estantes buscando ayuda para ciertas investigaciones que el proceso interrumpió y que en la soledad de la isla traté de continuar. Creo que perdemos la inmortalidad porque la resistencia a la muerte no ha evolucionado; sus perfeccionamientos insisten en la primera idea, rudimentaria: retener vivo todo el cuerpo. Sólo habría que buscar la conservación de lo que interesa a la conciencia. Mi alma no ha pasado, aún a la imagen; si no, yo habría muerto, habría dejado de ver a Faustine, para estar con ella en una visión que nadie recogerá.
(...)
Intenté varias explicaciones: Que yo tenga la famosa peste; sus efectos, la imaginación: la gente, a la música, Faustine; en el cuerpo: tal vez lesiones horribles, signos de la muerte, que los efectos anteriores no me dejan ver.
(...)
Hoy, en esta isla, ha ocurrido un milagro. El verano se adelantó. Puse la cama cerca de la pileta de natación y estuve bañándome, hasta muy tarde. Era imposible dormir. Dos o tres minutos afuera bastaban para convertir en sudor el agua que debía protegerme de la espantosa calma. A la madrugada me despertó un fonógrafo. No puede volver al museo a buscar las cosas, huí por las barracas, estoy en los bajos del sur, entre plantas acuáticas, indignado por los mosquitos, con el mar o sucios arroyos hasta la cintura, viendo que anticipé absurdamente mi huida. creo que esa gente no vino a buscarme, tal vez no me hayan visto. Pero sigo mi destino; estoy desprovisto de todo, confinado al lugar más escaso, menos habitable de la isla; a pantanos que el mar suprime una vez por semana. Escribo esto para dejar testimonio del adverso milagro.
(...)
Esta mujer es algo más que una falsa gitana. Me espanta su valor. Nada anunció que me hubiera visto. Ni un parpadeo, ni un leve sobresalto. Todavía el sol estaba arriba del horizonte, no el sol, la apariencia del sol; era ese momento en que ya se ha puesto, o va a ponerse, y uno lo ve donde no está). Yo había escalado con urgencia las piedras. La vi; el pañuelo de colores, las manos cruzadas sobre una rodilla, aumentando el mundo. Mi respiración se volvió irreprimible.
(...)
No espero nada. Esto no es horrible. Después de resolverlo, he ganado tranquilidad. Pero esa mujer me ha dado una esperanza. Debo temer las esperanzas. Tal vez toda esa higiene de no esperar sea un poco ridícula. No esperar de la vida, para no arriesgarla; darse por muerto, para no morir. Ya no estoy muerto: estoy enamorado.
(...)
Intenté varias explicaciones: Que yo tenga la famosa peste; sus efectos, la imaginación: la gente, a la música, Faustine; en el cuerpo: tal vez lesiones horribles, signos de la muerte, que los efectos anteriores no me dejan ver.
(...)
Hoy, en esta isla, ha ocurrido un milagro. El verano se adelantó. Puse la cama cerca de la pileta de natación y estuve bañándome, hasta muy tarde. Era imposible dormir. Dos o tres minutos afuera bastaban para convertir en sudor el agua que debía protegerme de la espantosa calma. A la madrugada me despertó un fonógrafo. No puede volver al museo a buscar las cosas, huí por las barracas, estoy en los bajos del sur, entre plantas acuáticas, indignado por los mosquitos, con el mar o sucios arroyos hasta la cintura, viendo que anticipé absurdamente mi huida. creo que esa gente no vino a buscarme, tal vez no me hayan visto. Pero sigo mi destino; estoy desprovisto de todo, confinado al lugar más escaso, menos habitable de la isla; a pantanos que el mar suprime una vez por semana. Escribo esto para dejar testimonio del adverso milagro.
(...)
Esta mujer es algo más que una falsa gitana. Me espanta su valor. Nada anunció que me hubiera visto. Ni un parpadeo, ni un leve sobresalto. Todavía el sol estaba arriba del horizonte, no el sol, la apariencia del sol; era ese momento en que ya se ha puesto, o va a ponerse, y uno lo ve donde no está). Yo había escalado con urgencia las piedras. La vi; el pañuelo de colores, las manos cruzadas sobre una rodilla, aumentando el mundo. Mi respiración se volvió irreprimible.
(...)
No espero nada. Esto no es horrible. Después de resolverlo, he ganado tranquilidad. Pero esa mujer me ha dado una esperanza. Debo temer las esperanzas. Tal vez toda esa higiene de no esperar sea un poco ridícula. No esperar de la vida, para no arriesgarla; darse por muerto, para no morir. Ya no estoy muerto: estoy enamorado.
Adolfo Bioy Casares.
lunes, 21 de mayo de 2007
Viaje al centro de la tierra (fragmento)
No era la luz del sol con sus haces brillantes y la espléndida irradiación de sus rayos ni la claridad vaga y pálida del astro de la noche, que es sólo una reflexión sin calor. No. El poder iluminador de aquella luz, su difusión temblorosa, su blancura clara y seca, la escasa elevación de su temperatura, su brillo superior en realidad al de la luna, acusaban evidentemente un origen puramente eléctrico. Era una especie de aurora boreal, un fenómeno cósmico continuo que alumbraba aquella caverna capaz de albergar en su interior un océano.
La bóveda suspendida encima de mi cabeza, el cielo, si se quiere, parecía formado por grandes nubes, vapores movedizos que cambiaban continuamente de forma y que, por efecto de las condensaciones, deberían convertirse en determinados días, en lluvias torrenciales. Creía yo que, bajo una presión atmosférica tan grande, era imposible la evaporación del agua; pero, en virtud de alguna ley física que ignoraba, gruesas nubes cruzaban el aire. Esto no obstante, el tiempo estaba bueno. Las corrientes eléctricas producían sorprendentes juegos de luz sobre las nubes más elevadas: se dibujaban vivas sombras en sus bóvedas inferiores, y, a menudo, entre dos masas separadas, se deslizabas hasta nosotros un rayo de luz de notable intensidad. Pero nada de aquello provenía del sol, puesto que su luz era fría. El efecto era triste y soberanamente melancólico. En vez de un cielo tachonado de estrellas, adivinaba por encima de aquellos nubarrones una bóveda de granito que me oprimía con su peso, y todo aquel espacio, por muy grande que fuese, no hubiera bastado para una evolución del menos ambicioso de todos los satélites.
La bóveda suspendida encima de mi cabeza, el cielo, si se quiere, parecía formado por grandes nubes, vapores movedizos que cambiaban continuamente de forma y que, por efecto de las condensaciones, deberían convertirse en determinados días, en lluvias torrenciales. Creía yo que, bajo una presión atmosférica tan grande, era imposible la evaporación del agua; pero, en virtud de alguna ley física que ignoraba, gruesas nubes cruzaban el aire. Esto no obstante, el tiempo estaba bueno. Las corrientes eléctricas producían sorprendentes juegos de luz sobre las nubes más elevadas: se dibujaban vivas sombras en sus bóvedas inferiores, y, a menudo, entre dos masas separadas, se deslizabas hasta nosotros un rayo de luz de notable intensidad. Pero nada de aquello provenía del sol, puesto que su luz era fría. El efecto era triste y soberanamente melancólico. En vez de un cielo tachonado de estrellas, adivinaba por encima de aquellos nubarrones una bóveda de granito que me oprimía con su peso, y todo aquel espacio, por muy grande que fuese, no hubiera bastado para una evolución del menos ambicioso de todos los satélites.
Jules Verne.
viernes, 18 de mayo de 2007
La caída de la casa Usher (fragmento)
En el más verde de nuestros valles, habitado por los ángeles buenos, antaño un bello y majestuoso palacio -un radiante palacio-alzaba su frente. En los dominios del rey Pensamiento, allí se elevaba. Jamás un serafín desplegó el ala sobre un edificio la mitad de bello. Banderas amarillas, gloriosas doradas sobre su remate flotaban y ondeaban (esto, todo esto, sucedía hace mucho, muchísimo tiempo); y a cada suave brisa que retozaba en aquellos gratos días, a lo largo de los muros pálidos y empenachados se elevaba un aroma alado. Los que vagaban por ese alegre valle, a través de dos ventanas iluminadas, veían espíritus moviéndose musicalmente a los sones de un laúd bien templado, en torno a un trono donde, sentado (porfirogénito) con un fausto digno de su gloria, aparecía el señor del reino. Y refulgente de perlas y rubíes era la puerta del bello palacio por la que salía a oleadas, a oleadas, a oleadas y centelleaba sin cesar, una turba de Ecos cuya grata misión era sólo cantar, con voces de magnífica belleza, el talento y el saber de su rey. Pero seres malvados, con ropajes de luto, asaltaron la elevada posición del monarca;(ah, lloremos, pues nunca el alba despuntará sobre él, el desolado) Y en torno a su mansión, la gloria que rojeaba y florecía es sólo una historia oscuramente recordada de las viejas edades sepultadas. Y ahora los viajeros, en ese valle, a través de las ventanas rojizas, ven amplias formas moviéndose fantásticamente en una desacorde melodía; mientras, cual un rápido y horrible río, a través de la pálida puerta una horrenda turba se precipita eternamente, riendo, mas sin sonreír nunca más.
Edgar Allan Poe.
jueves, 17 de mayo de 2007
A Guy Roussille, Cinco imágenes
El otoño es la estación preferida de los conversos. Detrás del cobrizo manto de las hojas, bajo el oro que comienzan a taladrar invisibles gusanos, mensajeros del invierno y el olvido, es más fácil sobrevivir a las nuevas obligaciones que agobian a los recién llegados a una fresca teología. Hay que desconfiar de la serenidad con que estas hojas esperan su inevitable caída, su vocación de polvo y nada. Ellas pueden permanecer aún unos instantes para testimoniar la inconmovible condición del tiempo; la derrota final de los más altos destinos de verdura y sazón. Hay objetos que no viajan nunca. Permanecen así, inmunes al olvido y a las más arduas labores que imponen el uso y el tiempo. Se detienen en una eternidad hecha de instantes paralelos que entretejen la nada y la costumbre. Esta condición singular los coloca al margen de la marca y la fiebre de la vida. No los visita la duda ni el espanto y la vegetación que los vigila es apenas una tenue huella de su vana duración. El sueño de los insectos está hecho de metales desconocidos que penetran en delgados taladros hasta el reino más oscuro de la geología. Nadie levante la mano para alcanzar los breves astros que nacen, a la hora de la siesta, con el roce sostenido de los litros. El sueño de los insectos está hecho de metales que sólo conoce la noche en sus grandes fiestas silenciosas. Cuidado. Un ave desciende y, tras ella, baja también la mañana para instalar sus tiendas, los altos lienzos del día. Nadie invitó a este personaje para que nos recitara la parte que le corresponde en el tablado que, en otra parte, levantan como un patíbulo para inocentes. No le serán cargados a su favor ni el obsecuente inclinarse de mendigo sorprendido, ni la falsa modestia que anuncian sus facciones de soplón manifiesto. Los asesinos lo buscan para ahogarlo en un baño de menta y plomo derretido. Ya le llega la hora, a pesar de su paso sigiloso y de su aire de -yo aquí no cuento para nada-. En el fondo del mar se cumplen lentas ceremonias presididas por la quietud de las materias que la tierra relegó hace millones de años al opalino olvido de las profundidades. La Coraza calcárea conoció un día el sol y los densos alcoholes del alba. Por eso reina en su quietud con la certeza de los nomeolvides. Florece en gestos desmayados el despertar de las medusas. Como si la vida inaugurara el nuevo rostro de la tierra.
Álvaro Mutis.
lunes, 14 de mayo de 2007
Entre todas las cosas lo primero es el mar (fragmento), de El entusiasmo
Nos desvestimos en el coche, nos pusimos las mallas, y caminando lentamente fuimos a tendernos cerca de la orilla. Mi primo hundió el rostro en la arena, extendió los brazos, y se mantuvo jugando a coger entre las manos puñados de arena, y apretarlos, y a soltarlos lentamente después. Angélica se tendió de espaldas y yo permanecí sentado, fumando y contemplando su cuerpo moreno con la cabellera negra brillando en la arena, y deseándola. Así mismo la había conocido hacía un año, cuando mi primo me trajo ese verano y me la presentó, y me dijo que era "ella", y que era una pajarona, pero que era "ella" de todas maneras. Ahora había cambiado, mi primo la había ido creando, sin forzar nada, imperceptiblemente, haciéndole un mundo, moldeándola, llenándola de vida, colmando su mundo juvenil con su fuerza.
Antonio Skármeta.
domingo, 13 de mayo de 2007
La caverna de las ideas (fragmento)
Yasintra, no pienses. No uses tu cuerpo: que él te use a tí.
(...)
Deja que tu cuerpo te ordene: su voz es el deseo y su lengua es el gesto. No traduzcas su idioma. Escúchalo. No traduzcas. No traduzcas. No traduzcas.
(...)
Deja que tu cuerpo te ordene: su voz es el deseo y su lengua es el gesto. No traduzcas su idioma. Escúchalo. No traduzcas. No traduzcas. No traduzcas.
José Carlos Somoza.
viernes, 11 de mayo de 2007
Liberty City (fragmento)
Posiblemente no hubiera probado nunca de no ser porque una noche, mientras pasaba páginas sin mayor interés, leí un reclamo que no era, para variar, escandaloso o insípido:
Bonita irlandesa-polaco-americana, genéticamente miserable, 26, sexo opuesto, disfruto con una charla inteligente y también con un rato divertido; me gusta la poesía y los cafés.
Por supuesto, al pie del anuncio venía la dirección de la red donde se podía entrar en contacto con ella y a la que exigía, en caso de hacerlo, que se remitiese una fotografía reciente. Tomé nota de su código y estuve durante algún tiempo cavilando sobre qué podía enviar allí junto a mi imagen, si es que cabía enviar algo que compensase eso. Al final di en redactar un breve mensaje. Como identificación nacional y poética, y pensando en el gusto americano, lo cerré con la traducción aproximada al inglés de un par de versos del Grito hacia Roma de Federico García Lorca:
...hasta que las ciudades tiemblen como niñas
y rompan las prisiones del aceite y de la música.
Al día siguiente, al encender el ordenador, encontré un mensaje:
Niña temblorosa dispuesta a romper las prisiones del aceite, sean las que sean. Búscame en un rincón de esta ciudad: 58 con la Quinta, este viernes a las seis. Llevaré una bufanda roja y amarilla para ti (si no puedo comprarla, tendré que tejerla; eso estará bien). El nombre es Adrienne.
(...)
La vista que había al otro lado de sus ventanas era de veras fastuosa, lo suficiente como para merecer la presumible renta. Al tiempo que la orquesta se desbandaba, desgarrando aquella melodía uniforme hasta hacerle adquirir la soltura del jazz, Adrienne comenzó a desvestirse, como debía hacerlo, pensé, para los otros hombres que respondían a su anuncio. La vi salir, blanca y engañosamente frágil, de debajo de su jersey rojo y de su falda oscura. Quizá no tuve que hacerlo (aunque ella era bonita, como prometía su reclamo), pero cuando me invitó prescindí de todo y traté de ser sólo lo que ella esperaba. De madrugada, Adrienne salió a despedirme al rellano. Abrazada a mí, pasando despacio la mano sobre mis cabellos, pronunció afectuosamente su advertencia:
-Si alguna vez quiero volver a verte, te llamaré. Si vienes por aquí sin que yo te haya llamado, el portero te impedirá entrar. Si te quedas en la puerta, telefoneará a la policía. Si alguna vez me sigues, pagaré a alguien para que te haga daño.
No había sido en toda la noche tan dulce como cuando dijo las dos últimas palabras, hurt you. Conforme se abrió la puerta del ascensor me metió dentro, y antes de que se cerrara y nos separase me envió un beso soplando sobre la palma de su mano abierta. Durante muchos días después pensé que aquel leve beso soplado era todo el recibimiento que la ciudad vacía había de darme. Así era el invierno, en el corazón helado de Liberty City. En cuanto a Adrienne, no me llamó nunca.
Bonita irlandesa-polaco-americana, genéticamente miserable, 26, sexo opuesto, disfruto con una charla inteligente y también con un rato divertido; me gusta la poesía y los cafés.
Por supuesto, al pie del anuncio venía la dirección de la red donde se podía entrar en contacto con ella y a la que exigía, en caso de hacerlo, que se remitiese una fotografía reciente. Tomé nota de su código y estuve durante algún tiempo cavilando sobre qué podía enviar allí junto a mi imagen, si es que cabía enviar algo que compensase eso. Al final di en redactar un breve mensaje. Como identificación nacional y poética, y pensando en el gusto americano, lo cerré con la traducción aproximada al inglés de un par de versos del Grito hacia Roma de Federico García Lorca:
...hasta que las ciudades tiemblen como niñas
y rompan las prisiones del aceite y de la música.
Al día siguiente, al encender el ordenador, encontré un mensaje:
Niña temblorosa dispuesta a romper las prisiones del aceite, sean las que sean. Búscame en un rincón de esta ciudad: 58 con la Quinta, este viernes a las seis. Llevaré una bufanda roja y amarilla para ti (si no puedo comprarla, tendré que tejerla; eso estará bien). El nombre es Adrienne.
(...)
La vista que había al otro lado de sus ventanas era de veras fastuosa, lo suficiente como para merecer la presumible renta. Al tiempo que la orquesta se desbandaba, desgarrando aquella melodía uniforme hasta hacerle adquirir la soltura del jazz, Adrienne comenzó a desvestirse, como debía hacerlo, pensé, para los otros hombres que respondían a su anuncio. La vi salir, blanca y engañosamente frágil, de debajo de su jersey rojo y de su falda oscura. Quizá no tuve que hacerlo (aunque ella era bonita, como prometía su reclamo), pero cuando me invitó prescindí de todo y traté de ser sólo lo que ella esperaba. De madrugada, Adrienne salió a despedirme al rellano. Abrazada a mí, pasando despacio la mano sobre mis cabellos, pronunció afectuosamente su advertencia:
-Si alguna vez quiero volver a verte, te llamaré. Si vienes por aquí sin que yo te haya llamado, el portero te impedirá entrar. Si te quedas en la puerta, telefoneará a la policía. Si alguna vez me sigues, pagaré a alguien para que te haga daño.
No había sido en toda la noche tan dulce como cuando dijo las dos últimas palabras, hurt you. Conforme se abrió la puerta del ascensor me metió dentro, y antes de que se cerrara y nos separase me envió un beso soplando sobre la palma de su mano abierta. Durante muchos días después pensé que aquel leve beso soplado era todo el recibimiento que la ciudad vacía había de darme. Así era el invierno, en el corazón helado de Liberty City. En cuanto a Adrienne, no me llamó nunca.
Lorenzo Silva.
miércoles, 9 de mayo de 2007
La fiesta del chivo (fragmento)
Había mucho tráfico. El chofer, maniobrando, consiguió abrirse paso entre una guagua con racimos de gente colgada de las puertas y un camión. Frenó en seco, a pocos metros de la gran fachada de cristales de la ferretería Reid. Al saltar del taxi, con el revólver en la mano, Antonio alcanzó a darse cuenta que las luces del parque se encendían, como dándoles la bienvenida. Había limpiabotas, vendedores ambulantes, jugadores de rocambor, vagos y mendigos pegados a las paredes. Olía a fruta y frituras. Se volvió a apurar a Juan Tomás, que, gordo y cansado, no conseguía correr a su ritmo. En eso, estalló la balacera a sus espaldas. Una gritería ensordecedora se levantó alrededor; la gente corría entre los autos, los carros se trepaban a las veredas. Antonio oyó voces histéricas: «¡Ríndanse, carajo!». «¡Están rodeados, pendejos!» Al ver que Juan Tomás, exhausto, se paraba, se paró también a su lado y comenzó a disparar. Lo hacía a ciegas, porque caliés y guardias se escudaban detrás de los Volkswagen, atravesados como parapetos en la pista, interrumpiendo el tráfico. Vio caer a Juan Tomás de rodillas, y lo vio llevarse la pistola a la boca, pero no alcanzó a dispararse porque varios impactos lo tumbaron. A él le habían caído muchas balas ya, pero no estaba muerto. «No estoy muerto, coño, no estoy.» Había disparado todos los tiros de su cargador y, en el suelo, trataba de deslizar la mano al bolsillo para tragarse la estricnina. La maldita mano pendeja no le obedeció. No hacía falta, Antonio. Veía las estrellas brillantes de la noche que empezaba, veía la risueña cara de Tavito y se sentía joven otra vez.
Mario Vargas Llosa.
lunes, 7 de mayo de 2007
Libertad bajo palabra
Allá, donde terminan las fronteras, los caminos se borran. Donde empieza el silencio. Avanzo lentamente y pueblo la noche de estrellas, de palabras, de la respiración de un agua remota que me espera donde comienza el alba.
Invento la víspera, la noche, el día siguiente que se levanta en su lecho de piedra y recorre con ojos límpidos un mundo penosamente soñado. Sostengo al árbol, a la nube, a la roca, al mar, presentimiento de dicha, invenciones que desfallecen y vacilan frente a la luz que disgrega.
Y luego la sierra árida, el caserío de adobe, la minuciosa realidad de un charco y un pirú estólido, de unos niños idiotas que me apedrean, de un pueblo rencoroso que me señala. Invento el terror, la esperanza, el mediodía -- padre de los delirios solares, de las falacias espejeantes, de las mujeres que castran a sus amantes de una hora.
Invento la quemadura y el aullido, la masturbación en las letrinas, las visiones en el muladar, la prisión, el piojo y el chancro, la pelea por la sopa, la delación, los animales viscosos, los contactos innobles, los interrogatorios nocturnos, el examen de conciencia, el juez, la víctima, el testigo. Tú eres esos tres. ¿A quién apelar ahora y con qué argucias destruir al que te acusa? Inútiles los memoriales, los ayes y los alegatos. Inútil tocar a puertas condenadas. No hay puertas, hay espejos. Inútil cerrar los ojos o volver entre los hombres: esta lucidez ya no me abandona. Romperé los espejos, haré trizas mi imagen, que cada mañana rehace piadosamente mi cómplice, mi delator. La soledad de la conciencia y la conciencia de la soledad, el día a pan y agua, la noche sin agua. Sequía, campo arrasado por un sol sin párpados, ojo atroz, oh conciencia, presente puro donde pasado y porvenir arden sin fulgor ni esperanza. Todo desemboca en esta eternidad que no desemboca.
Allá, donde los caminos se borran, donde acaba el silencio, invento la desesperación, la mente que me concibe, la mano que me dibuja, el ojo que me descubre. Invento al amigo que me inventa, mi semejante; y a la mujer, mi contrario: torre que corono de banderas, muralla que escalan mis espumas, ciudad devastada que renace lentamente bajo la dominación de mis ojos.
Contra el silencio y el bullicio invento la Palabra, libertad que se inventa y me inventa cada día.
Invento la víspera, la noche, el día siguiente que se levanta en su lecho de piedra y recorre con ojos límpidos un mundo penosamente soñado. Sostengo al árbol, a la nube, a la roca, al mar, presentimiento de dicha, invenciones que desfallecen y vacilan frente a la luz que disgrega.
Y luego la sierra árida, el caserío de adobe, la minuciosa realidad de un charco y un pirú estólido, de unos niños idiotas que me apedrean, de un pueblo rencoroso que me señala. Invento el terror, la esperanza, el mediodía -- padre de los delirios solares, de las falacias espejeantes, de las mujeres que castran a sus amantes de una hora.
Invento la quemadura y el aullido, la masturbación en las letrinas, las visiones en el muladar, la prisión, el piojo y el chancro, la pelea por la sopa, la delación, los animales viscosos, los contactos innobles, los interrogatorios nocturnos, el examen de conciencia, el juez, la víctima, el testigo. Tú eres esos tres. ¿A quién apelar ahora y con qué argucias destruir al que te acusa? Inútiles los memoriales, los ayes y los alegatos. Inútil tocar a puertas condenadas. No hay puertas, hay espejos. Inútil cerrar los ojos o volver entre los hombres: esta lucidez ya no me abandona. Romperé los espejos, haré trizas mi imagen, que cada mañana rehace piadosamente mi cómplice, mi delator. La soledad de la conciencia y la conciencia de la soledad, el día a pan y agua, la noche sin agua. Sequía, campo arrasado por un sol sin párpados, ojo atroz, oh conciencia, presente puro donde pasado y porvenir arden sin fulgor ni esperanza. Todo desemboca en esta eternidad que no desemboca.
Allá, donde los caminos se borran, donde acaba el silencio, invento la desesperación, la mente que me concibe, la mano que me dibuja, el ojo que me descubre. Invento al amigo que me inventa, mi semejante; y a la mujer, mi contrario: torre que corono de banderas, muralla que escalan mis espumas, ciudad devastada que renace lentamente bajo la dominación de mis ojos.
Contra el silencio y el bullicio invento la Palabra, libertad que se inventa y me inventa cada día.
Octavio Paz.
viernes, 4 de mayo de 2007
Piedra de sol (fragmento)
Voy por tu cuerpo como por el mundo,
tu vientre es una plaza soleada,
tus pechos dos iglesias donde oficia
la sangre sus misterios paralelos,
mis miradas te cubren como yedra,
eres una ciudad que el mar asedia,
una muralla que la luz divide
en dos mitades de color durazno,
un paraje de sal, rocas y pájaros
bajo la ley del mediodía absorto,
vestida del color de mis deseos
como mi pensamiento vas desnuda,
voy por tus ojos como por el agua,
los tigres beben sueño en esos ojos,
el colibrí se quema en esas llamas,
voy por tu frente como por la luna,
como la nube por tu pensamiento,
voy por tu vientre como por tus sueños
(...)
amar es combatir, si dos se besan
el mundo cambia, encarnan los deseos,
el pensamiento encarna, brotan alas
en las espaldas del esclavo, el mundo
es real y tangible, el vino es vino,
el pan vuelve a saber, el agua es agua,
amar es combatir, es abrir puertas,
dejar de ser fantasma con un número
a perpetua cadena condenado
por un amo sin rostro;
el mundo cambia
si dos se miran y se reconocen.
Octavio Paz.
miércoles, 2 de mayo de 2007
El volumen de la ausencia (fragmento)
No tardaste en regresar a España. Llegaste cuando el frío apuntaba y la ciudad oscurecía a poco de comenzar la tarde.
Parecías otro; menos envarado, más desenvuelto.
(...)
Cuando ahora evoco aquellos días, se me antojan tan enmarañados como esas enredaderas que al crecer se aferran a un muro, mientras sus ramas se multiplican y se enzarzan entre sí, hasta formar un enramado tupido en el que no cabe la posibilidad de saber dónde se encuentran los principios y los finales.
De pronto, el tiempo se convirtió en un día eterno. Tu presencia era continua y las horas pasaban sin esperas y sin temores.
(...)
Lo único que sobresalía era el mágico refugio de tu voz, de tu forma de expresarte, de moverte, de mirar.
Parecías otro; menos envarado, más desenvuelto.
(...)
Cuando ahora evoco aquellos días, se me antojan tan enmarañados como esas enredaderas que al crecer se aferran a un muro, mientras sus ramas se multiplican y se enzarzan entre sí, hasta formar un enramado tupido en el que no cabe la posibilidad de saber dónde se encuentran los principios y los finales.
De pronto, el tiempo se convirtió en un día eterno. Tu presencia era continua y las horas pasaban sin esperas y sin temores.
(...)
Lo único que sobresalía era el mágico refugio de tu voz, de tu forma de expresarte, de moverte, de mirar.
Mercedes Salisachs.
martes, 1 de mayo de 2007
Profundidades (fragmento)
Amaba profundamente a su esposa. Cada vez que debía partir de viaje por cuestiones de trabajo y se despedía de ella, inspiraba sin que se notase el perfume de su piel cuando la besaba brevemente. Era como si almacenase aquel aroma, como si de un buen vino o de una especie de opio se tratase, para recurrir a él cuando se sintiese tan abandonado que corriese el riesgo de perder el control sobre sí mismo.
(...)
Él era un hombre solitario. Su soledad se parecía a un abismo en el que temía precipitarse un día. Había calculado que ese abismo debía tener un mínimo de cuarenta metros y que debía arrojarse a él de cabeza, para asegurarse la muerte.
(...)
Él era un hombre solitario. Su soledad se parecía a un abismo en el que temía precipitarse un día. Había calculado que ese abismo debía tener un mínimo de cuarenta metros y que debía arrojarse a él de cabeza, para asegurarse la muerte.
Henning Mankell.
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