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Una tarde, en un momento de aguda nostalgia, abrió el cajón de esa cómoda que siempre cierra con llave al salir de casa y me enseñó los cuadernos. Yo nunca los había visto, porque Ernesto dedica a cada una de nosotras una atención particular, sin mezclarnos. Había decenas, todos con un nombre de mujer en la portada. Allí estaba Diana, la bailarina de striptease cuyo pelo, de color rosa bebé, posee vida propia; y Débora, la actriz de teatro, multifacetada como un diamante legendario; y Laura, la cientifica enloquecida, repleta de fórmulas y carcajadas; y Ángela, la maligna adolescente del parque, que carece de pulgar en su mano derecha; y Soraya, la princesa persa de estremecedoras longitudes; y Talía, la mujer-gato que habla con acento de canción de cuna; y Helen, la psicópata canadiense cuyas víctimas troceadas se reparte la prensa amarilla... Había tantas que ni siquiera pudimos acabar de leer sus nombres. Allí estaban las 76 mujeres con sus historias y sus palabras, cuerpos femeninos encerrados en el cajón de Barbazul.
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Ahora dejo de escribir. Mi hombre me tiende su mano y caminamos con la ternura de amantes jóvenes hacia la ventana abierta de su apartamento, en el quinto piso de una pequeña calle de Chamberí. Luce un sol torrencial, y tengo que parpadear varias veces mientras nos asomamos por el antepecho, entre las obedientes macetas, y nos echamos a volar juntos, dos palomas grandes, en pijama y camisón, sobre el fulgurante cielo de Madrid; criaturas majestuosas y perfectas que ni siquiera necesitan agitar los brazos para deslizarse, en un silencio de tinta azul, hacia la inflamada quietud del sol.
José Carlos Somoza.
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