(...)
Seguí a Beth afuera de la casa. La misma escalerita de la entrada continuaba en espiral hacia abajo y desembocaba en una puerta pequeña. Inclinó un poco la cabeza al abrir y me hizo pasar a un habitación muy amplia y ordenada, bajo el nivel del suelo, que recibía sin embargo bastante luz de dos ventanas muy altas, cercanas al techo. Empezó a explicarme todos los pequeños detalles, mientras caminaba en torno, abría cajones y me señalaba alacenas, cubiertos y toallas en una especie de recitado que parecía haber repetido muchas veces. Yo me contenté con verificar la cama y la ducha y me dediqué sobre todo a mirarla a ella. Tenía la piel seca, curtida, tirante, como sobreexpuesta al aire libre, y esto, que le daba un aspecto saludable, hacía temer a la vez que pronto se ajaría. Si yo había calculado antes que podía tener veintitrés o veinticuatro años ahora que la veía de cerca me inclinaba a pensar que tendría más bien veintisiete o veintiocho. Los ojos, sobre todo, eran intrigantes: tenían un color azul muy hermoso y profundo, pero parecían algo más fijos que el resto de sus facciones, como si tardara en llegarles la expresión y el brillo. El vestido que llevaba, largo y holgado, con cuello redondo, como el de una campesina, no dejaba decir demasiado sobre su cuerpo, salvo que era delgada, aunque mirando con más atención quedaba algún margen para suponer que esta delgadez no era, por suerte, totalmente uniforme. De espaldas, sobre todo, parecía muy abrazable; tenía algo de la indefensión de las chicas altas.
Guillermo Martínez.
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