Sergi Pàmies.
jueves, 27 de septiembre de 2007
Cobertura (fragmento)
Normal. Todo es perfectamente normal. Como que llueva en otoño. Como que haga frío en invierno. Como que te repita una comida a base de rábanos, ajo y pimientos. Cuando salgo a la calle, recuerdo que, atraídos por la luminosidad de mi sonrisa, se me acercan vendedores de lotería, harekrishnas, mormones, palomas, perros abandonados, moscas heridas, hojas muertas y, finalmente, un mendigo. Le doy un billete de mil y lo abrazo, incrédulo todavía, y, para no dejarme arrastrar por el optimismo que me ha producido la visita al médico, vuelvo a mirar la pantalla líquida del teléfono portátil, a ver si tengo cobertura. Aunque la tengo, llamo igualmente a casa para saber cómo está la niña, interrogo a la canguro y me cuesta creer que no haya ninguna novedad, que mi hija se lo haya comido todo. («¿Todo, todo?», insisto) y que ahora duerma como dicen que duermen los niños. Y, después de colgar, me doy cuenta de que necesito ese lastre de responsabilidad, esa ancla de preocupación para no soltarme del todo, para no ponerme a volar, como si no quisiera admitir que –pese a los nubarrones que, entre dos rascacielos, se aproximan– vale la pena vivir, cantar en la ducha, ayudar a abrir la puerta del ascensor a una mujer que regresa del supermercado cargada de bolsas, olernos los dedos antes y después de, dar conversación a los taxistas, entrar en una tienda y probarnos ropa que no podemos pagar, y escribir, aunque sea en una novela que se muere, aunque sea en una lengua moribunda.
martes, 25 de septiembre de 2007
Vas recorriendo a solas
Vas recorriendo a solas
el jardín,
despacio y sin cuidados,
mientras el verso fluye
entre la niebla
y el asomo lejano
de la luz.
Todo lo que vas viendo
te sorprende.
¿Qué puedes esperar,
más que lo inesperado?
Que las hierbas que pisas
son carne de tu carne.
Que la luna saldrá
cuando tú se lo digas.
Que no hay diferencias
entre el jardín y tú.
Caminas muy despacio,
para que todo pueda
sorprenderte.
Y te vas alejando,
tanto que, ya incapaz
el verso de seguirte,
se detiene.
José Corredor-Matheos
martes, 11 de septiembre de 2007
Eva y Abel
Ahora que ya casi lo sabemos todo ya casi lo sé todo
y sé que todo no incluye ningún casi en ningún caso
sino que siendo todo no puede en modo alguno
ser albergue de un casi.
y sé que todo no incluye ningún casi en ningún caso
sino que siendo todo no puede en modo alguno
ser albergue de un casi.
De haber casi en un todo hallado albergue
se habría introducido
la augusta sierpe que inventó a nuestra madre
en el Edén de Dios que era todo él Edén sin casi en absoluto
limpia extensión sin verbo de animales y plantas y torrentes
y allí escondida sí la antigua Eva entero todo
en el Edén de Dios que era todo él Edén sin casi en absoluto
limpia extensión sin verbo de animales y plantas y torrentes
y allí escondida sí la antigua Eva entero todo
previo al casi Abel.
La sierpe del Edén agua albergada en la boca del Tiempo
desde donde cuidaba el avenir de la mano de Dios
mano que habiendo triturado el todo en tantos casi tantos
con arena y estrellas y los cabellos de ella
tejió el velo nupcial y la corona fúnebre
y ahora ya lo sabemos casi casi todo.
Pero no lo sé todo,
sólo que cuando pienso casi lo pienso todo sólo que triturado
y Eva ve en el estanque helado del albergue
la mano muerta de su muerto Abel.
Félix de Azúa.
miércoles, 5 de septiembre de 2007
Los crímenes de Oxford (fragmento)
Cuando la puerta se abrió me encontré con la cara angulosa y los ojos de un azul oscuro de una chica alta y delgada, no mucho mayor que yo, que me extendió la mano con una sonrisa. Nos miramos con una mutua y agradable sorpresa, aunque me pareció que ella se replegaba con un poco de cautela al liberar su mano, que quizá yo había retenido un instante más de lo apropiado.
(...)
Seguí a Beth afuera de la casa. La misma escalerita de la entrada continuaba en espiral hacia abajo y desembocaba en una puerta pequeña. Inclinó un poco la cabeza al abrir y me hizo pasar a un habitación muy amplia y ordenada, bajo el nivel del suelo, que recibía sin embargo bastante luz de dos ventanas muy altas, cercanas al techo. Empezó a explicarme todos los pequeños detalles, mientras caminaba en torno, abría cajones y me señalaba alacenas, cubiertos y toallas en una especie de recitado que parecía haber repetido muchas veces. Yo me contenté con verificar la cama y la ducha y me dediqué sobre todo a mirarla a ella. Tenía la piel seca, curtida, tirante, como sobreexpuesta al aire libre, y esto, que le daba un aspecto saludable, hacía temer a la vez que pronto se ajaría. Si yo había calculado antes que podía tener veintitrés o veinticuatro años ahora que la veía de cerca me inclinaba a pensar que tendría más bien veintisiete o veintiocho. Los ojos, sobre todo, eran intrigantes: tenían un color azul muy hermoso y profundo, pero parecían algo más fijos que el resto de sus facciones, como si tardara en llegarles la expresión y el brillo. El vestido que llevaba, largo y holgado, con cuello redondo, como el de una campesina, no dejaba decir demasiado sobre su cuerpo, salvo que era delgada, aunque mirando con más atención quedaba algún margen para suponer que esta delgadez no era, por suerte, totalmente uniforme. De espaldas, sobre todo, parecía muy abrazable; tenía algo de la indefensión de las chicas altas.
(...)
Seguí a Beth afuera de la casa. La misma escalerita de la entrada continuaba en espiral hacia abajo y desembocaba en una puerta pequeña. Inclinó un poco la cabeza al abrir y me hizo pasar a un habitación muy amplia y ordenada, bajo el nivel del suelo, que recibía sin embargo bastante luz de dos ventanas muy altas, cercanas al techo. Empezó a explicarme todos los pequeños detalles, mientras caminaba en torno, abría cajones y me señalaba alacenas, cubiertos y toallas en una especie de recitado que parecía haber repetido muchas veces. Yo me contenté con verificar la cama y la ducha y me dediqué sobre todo a mirarla a ella. Tenía la piel seca, curtida, tirante, como sobreexpuesta al aire libre, y esto, que le daba un aspecto saludable, hacía temer a la vez que pronto se ajaría. Si yo había calculado antes que podía tener veintitrés o veinticuatro años ahora que la veía de cerca me inclinaba a pensar que tendría más bien veintisiete o veintiocho. Los ojos, sobre todo, eran intrigantes: tenían un color azul muy hermoso y profundo, pero parecían algo más fijos que el resto de sus facciones, como si tardara en llegarles la expresión y el brillo. El vestido que llevaba, largo y holgado, con cuello redondo, como el de una campesina, no dejaba decir demasiado sobre su cuerpo, salvo que era delgada, aunque mirando con más atención quedaba algún margen para suponer que esta delgadez no era, por suerte, totalmente uniforme. De espaldas, sobre todo, parecía muy abrazable; tenía algo de la indefensión de las chicas altas.
Guillermo Martínez.
lunes, 3 de septiembre de 2007
Geórgicas, del Libro del frío
Tengo frío junto a los manantiales. He subido hasta cansar mi corazón.
Hay yerba negra en las laderas y azucenas cárdenas entre sombras,
pero, ¿qué hago yo delante del abismo?
Bajo las águilas silenciosas, la inmensidad carece de significado.
Un bosque se abre en la memoria y el olor a resina es útil al corazón.
Vi las esferas del sudor y los insectos en la dulzura;
luego, el crepúsculo en sus ojos;
después, el cardo hirviendo ante el centeno y la fatiga de los
pájaros perseguidos por la luz.
Antonio Gamoneda.
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