miércoles, 26 de marzo de 2008

Summa vitae

De todo lo que amé en días inconstantes
ya sólo van quedando

rastros,
marañas,
conjeturas,
pistas dudosas, vagas informaciones:
por ejemplo, la lluvia en la lucerna
de un cuarto triste de París,
la sombra rosa de los flamboyanes
engalanando a franjas las casa familiar de Camagüey,
aquellos taciturnos rastros de Babilonia
junto a los barrizales suntuosos del Éufrates,
un arcaico crepúsculo en las Islas Galápagos,
los prolijos fantasmas
de un memorable lupanar de Cádiz,
una mañana sin errores
ante la tumba de Ibn’Arabi en un suburbio de Damasco,
el cuerpo de Manuela tendido entre los juncos de Doñana,
aquel café de Bogotá donde iba a menudo con amigos que han muerto,
la gimiente tirantez del velamen en la bordada previa a aquel primer naufragio...

Cosas así de simples y soberbias.

Pero de todo eso
¿qué me importa
evocar, preservar después de tan volubles
comparecencias del olvido?

Nada sino una sombra
Cruzándose en la noche con mi sombra.
José Manuel Caballero Bonald.

miércoles, 12 de marzo de 2008

Luz de tarde (de Alegría, 1947)

Me da pena pensar que algún día querré ver de nuevo este espacio,
tornar a este instante.
Me da pena soñarme rompiendo mis alas
contra muros que se alzan e impiden que pueda volver a encontrarme.

Estas ramas en flor que palpitan y rompen alegres
la apariencia tranquila del aire,
esas olas que mojan mis pies de crujiente hermosura,
el muchacho que guarda en su frente la luz de la tarde,
ese blanco pañuelo caído tal vez de unas manos,
cuando ya no esperaban que un beso de amor las rozase...

Me da pena mirar estas cosas, querer estas cosas, guardar estas cosas.
Me da pena soñarme volviendo a buscarlas, volviendo a buscarme,
poblando otra tarde como ésta de ramas que guarde en mi alma,
aprendiendo en mí mismo que un sueño no puede volver otra vez a soñarse.
José Hierro.

martes, 11 de marzo de 2008

Una iniciación

Dije que sí, que iría. Una vez más. A solas.
Siga el camino hundido por el centro. Ya puede
uno salir, gritar, hacerse el loco (etcétera.)
Huele a rocío. Algunos perros ladran. No sé ...
— La luz no es cosa nuestra ni de nadie. Lo dije.
Dije que sí. A oscuras todavía. El mar,
la luz, la piedra: ¿qué sabemos, qué podemos
saber nosotros de la luz, el mar (y sólo
son ejemplos), la piedra, esta mañana, aquí?
Hace frío. Se nota que ha empezado el invierno
verdadero. No sé ... Dije que sí, que iría.
Para mirar. ¿De quién son estos pocos signos
que quedan? Todavía, en el puerto, los últimos
profetas de la noche: cantan desesperados
y maldicen. (La luz contra la piedra. El mar
contra la luz. Ah, máquina implacable.) No sé ...
Dije que iría, sí. Una vez más. A solas.
Siga el camino hundido por el centro. Ya puede
uno salir, cantar, encaramarse (etcétera.)
¿A quién espero o quién espera algo de mí?
Vicente Valero.

lunes, 10 de marzo de 2008

Recitando a Petrarca

Cuando te quedas muda
y decides regalarme París,
comprar la Torre Eiffel para tender mi ropa
si acaso me desnudas y no llueve.
Cuando insistes
en bordar las Meninas de Picasso
sobre todas las sábanas de Washington,
o viajar hasta Roma como quien busca un circo,
como quien pisa tierra firme después de muchos años
y a conciencia es feliz y es borracho.
Cuando me hablas de amor
o gritas que no importan la luz ni los relojes,
que es de noche y no piensas levantarte;
entonces
yo digo que estás loca y me respondes
recitando a Petrarca de memoria.
Luis García Montero.

jueves, 6 de marzo de 2008

Alegría interior (de Alegría, 1947)

En mí la siento aunque se esconde. Moja
mis oscuros caminos interiores.
Quién sabe cuántos mágicos rumores
sobre el sombrío corazón deshoja.

A veces alza en mí su luna roja
o me reclina sobre extrañas flores.
Dicen que ha muerto, que de sus verdores
el árbol de mi vida se despoja.

Sé que no ha muerto, porque vivo. Tomo,
en el oculto reino en que se esconde,
la espiga de su mano verdadera.

Dirán que he muerto, y yo no muero. ¿Cómo
podría ser así, decidme, dónde
podría ella reinar si yo muriera?
José Hierro.

martes, 4 de marzo de 2008

Anterior a tu cuerpo

Anterior a tu cuerpo es esta historia
que hemos vivido juntos
en la noche inconsciente.

Tercas simulaciones desocupan
el espacio en que a tientas nos
buscamos,
dejan en las proximidades
de la luz un barrunto de
sombras de preguntas nunca
hechas.

En vano recorremos
la distancia que queda entre las últimas
sospechas de estar solos,
ya convictos acaso de esa interina
realidad que avala siempre
el trámite del sueño.
José Manuel Caballero Bonald.