–Pues muy sencillo: porque el sentimiento no ha terminado su vida. Esas cosas existen fuera de nosotros. Hay que esperar a que se acaben, hay que rascarse hasta el final. Y, si uno muere antes de haber terminado de vivir, pasa lo mismo. Los asesinados siguen vagando por ahí, unos canallas que no paran de venir a picarnos.
–Picaduras de araña –sugirió Adamsberg, cerrando el círculo.
–Aparecidos –dijo el viejo con gravedad–. ¿Comprende ahora por qué nadie quería su casa? Porque tiene fantasmas, hombre.
Adamsberg acabó de limpiar el cuezo y se frotó las manos.
–¿Por qué no? –dijo–. No me molesta. Estoy acostumbrado a las cosas que se me escapan.
(...)
Le gustaba ese sabio guasón de una sola mano, salvo en lo referente a la radio que zumbaba constantemente en su bolsillo. Obedeciendo a un gesto de Lucio, Adamsberg le llenó el vaso.
–Si todos los asesinados andan flotando por ahí, ¿cuántos fantasmas habrá en mi casa? ¿Santa Clarisa y sus siete víctimas? ¿Más las dos mujeres que conoció su padre, más Madelaine? ¿Once? ¿O más?
–Sólo está Clarisa –afirmó Lucio–. Sus víctimas eran demasiado viejas, nunca volvieron. A menos que estén en sus propias casas, que también es posible.
–Sí.
–Lo de las otras tres es distinto. No fueron asesinadas, sino poseídas. En cambio, Santa Clarisa no había acabado de vivir cuando el curtidor la aplastó con sus puños. ¿Entiende ahora por qué nunca han derribado la casa? Porque Clarisa habría ido a instalarse a otro sitio. En mi casa, por ejemplo. Y todo el mundo, en el barrio, prefiere saber dónde tiene su guarida.
Fred Vargas.
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