martes, 26 de febrero de 2008

Confesiones

Yo te estaba esperando.
Más allá del invierno, en el cincuenta y ocho,
de la letra sin pulso y el verano
de mi primera carta,
por los pasillos lentos y el examen,
a través de los libros, de las tardes de fútbol,
de la flor que no quiso convertirse en almohada,
más allá del muchacho obligado a la luna,
por debajo de todo lo que amé,
yo te estaba esperando.
Yo te estoy esperando.
Por detrás de las noches y las calles,
de las hojas pisadas
y de las obras públicas
y de los comentarios de la gente,
por encima de todo lo que soy,
de algunos restaurantes a los que ya no vamos,
con más prisa que el tiempo que me huye,
más cerca de la luz y de la tierra,
yo te estoy esperando.
Y seguiré esperando.
Como los amarillos del otoño,
todavía palabra de amor ante el silencio,
cuando la piel se apague,
cuando el amor se abrace con la muerte
y se pongan mas serias nuestras fotografías,
sobre el acantilado del recuerdo,
después que mi memoria se convierta en arena,
por detrás de la última mentira,
yo seguiré esperando.
Luis García Montero.

lunes, 18 de febrero de 2008

La tercera virgen (fragmento)

Entre ráfaga y ráfaga, el tenue sol de marzo le calentaba suavemente la espalda, y estaba a gusto, allí, fabricando un muro en ese jardín abandonado. Lucio Velasco Paz podía hablarle todo lo que quisiera, no le molestaba en absoluto.
–Pues muy sencillo: porque el sentimiento no ha terminado su vida. Esas cosas existen fuera de nosotros. Hay que esperar a que se acaben, hay que rascarse hasta el final. Y, si uno muere antes de haber terminado de vivir, pasa lo mismo. Los asesinados siguen vagando por ahí, unos canallas que no paran de venir a picarnos.
–Picaduras de araña –sugirió Adamsberg, cerrando el círculo.
–Aparecidos –dijo el viejo con gravedad–. ¿Comprende ahora por qué nadie quería su casa? Porque tiene fantasmas, hombre.
Adamsberg acabó de limpiar el cuezo y se frotó las manos.
–¿Por qué no? –dijo–. No me molesta. Estoy acostumbrado a las cosas que se me escapan.
(...)
Le gustaba ese sabio guasón de una sola mano, salvo en lo referente a la radio que zumbaba constantemente en su bolsillo. Obedeciendo a un gesto de Lucio, Adamsberg le llenó el vaso.
–Si todos los asesinados andan flotando por ahí, ¿cuántos fantasmas habrá en mi casa? ¿Santa Clarisa y sus siete víctimas? ¿Más las dos mujeres que conoció su padre, más Madelaine? ¿Once? ¿O más?
–Sólo está Clarisa –afirmó Lucio–. Sus víctimas eran demasiado viejas, nunca volvieron. A menos que estén en sus propias casas, que también es posible.
–Sí.
–Lo de las otras tres es distinto. No fueron asesinadas, sino poseídas. En cambio, Santa Clarisa no había acabado de vivir cuando el curtidor la aplastó con sus puños. ¿Entiende ahora por qué nunca han derribado la casa? Porque Clarisa habría ido a instalarse a otro sitio. En mi casa, por ejemplo. Y todo el mundo, en el barrio, prefiere saber dónde tiene su guarida.
Fred Vargas.

martes, 12 de febrero de 2008

Si te perdieras, de Pero el viajero que huye

Si te perdieras
entre Júpiter y Urano
te arrancarías los ojos para no ver el miedo
del universo entero pendiente de no verte
pues si te vieran
las estrellas tendrían la conciencia de tragedia
tendrían conciencia
comprenderían su lógica ciega
inventarían la óptica
el póker
la ética
la estética
y el universo entero se iría a hacer puñetas.
Manuel Vázquez Montalbán.

lunes, 11 de febrero de 2008

Rosario Tijeras (fragmento)

Como a Rosario le pegaron un tiro a quemarropa mientras le daban un beso, confundió el dolor del amor con el de la muerte. Pero salió de dudas cuando despegó los labios y vio la pistola.
-Sentí un corrientazo por todo el cuerpo. Yo pensé que era el beso... -me dijo desfallecida camino al hospital.
-No hables más, Rosario -le dije, y ella apretándome la mano me pidió que no la dejara morir.
-No me quiero morir, no quiero.
Aunque yo la animaba con esperanzas, mi expresión no la engañaba. Aun moribunda se veía hermosa, fatalmente divina se desangraba cuando la entraron a cirugía. La velocidad de la camilla, el vaivén de la puerta y la orden estricta de una enfermera me separaron de ella.
(…)
No me canso de repetir su nombre mientras amanece, mientras espero a que llegue Emilio que seguramente no vendrá, mientras espero que alguien salga del quirófano y diga algo. Amanece más lento que nunca, veo apagarse una a una las luces del barrio alto de donde una vez bajó Rosario.
-Mira bien donde estoy apuntando.
Allá arriba sobre la hilera de luces amarillas, un poquito más arriba quedaba mi casa. Allá debe estar doña Rubi rezando por mí. Yo no vi nada, sólo su dedo estirado hacia la parte más alta de la montaña, adornado con un anillo que nunca imaginó tener, y su brazo mestizo y su olor a Rosario. Sus hombros descubiertos como casi siempre, sus camisetas diminutas y sus senos tan erguidos como el dedo que señalaba. Ahora se está muriendo después de tanto esquivar la muerte.
Jorge Franco Ramos.

martes, 5 de febrero de 2008

Preguntas

Ya que navegas por mi sangre
y conoces mis límites,
y me despiertas en la mitad del día
para acostarme en tu recuerdo
y eres furia de mi paciencia para mí,
dime qué diablos hago,
por qué te necesito,
quien eres, muda, sola, recorriéndome,
razón de mi pasión,
por qué quiero llenarte solamente de mí,
y abarcarte, acabarte,
mezclarme en tus cabellos
y eres única patria
contra las bestias del olvido.
Juan Gelman.

sábado, 2 de febrero de 2008

Días del bosque (fragmento)

Tejieron una isla con el hilo pobre y transparente de los sueños y se fueron a vivir al mar, lejos de aquí.
Son pájaros que ahora saben construir ermitas con las alas azules de las mariposas, rezarle a un dios que esparce semillas de fuego sobre la arena de las playas, dormir en los acantilados.
Nadie sabe cuándo ni de quién aprendieron a vivir así.
Cuando pregunto por ellos en el bosque, me dicen que nunca volverán, que ahora son como mendigos en el país de los peces voladores.
Vicente Valero.