martes, 27 de noviembre de 2007

Silencio de blanca (fragmento)

Verónica se protegió los ojos con las manos para mirarme. Se hallaba alta y espléndida, los hombros firmes, los pechos copiosos, la cintura apretada por una argolla invisible, el vientre suavemente ondulado, la figura del ombligo como una perforación exacta, las caderas amplias, los muslos largos y firmes. El sexo formaba apenas un espacio de vello oscuro donde convergían las ingles.
- ¿Tienes algo con que pueda vendarte los ojos? -pregunté.
(...)
Empezó a moverse. No caminaba, claro: tentaba. Buscaba con los pies las oquedades seguras de la alfombra, vacilaba exquisitamente antes de cada paso, y ese titubeo era como un reflejo delicioso de su cuerpo, un molde trémulo de sus formas. Por ejemplo: no movía los brazos, los hacía vibrar como varas; los pechos se agitaban, pendientes y esféricos, con cada paso, como abultados adornos; las caderas se balanceaban con algo más que provocación consciente: un reflejo sin voluntad, como el paso casual de un hermoso caballo indómito. La seguí con la mirada, observando ya el rastro de sus huesos en la espalda, ya el escalofrío de sus nalgas. Dio la vuelta en un cierto punto, bajo mi mirada silenciosa, y regresó insegura por el mismo camino, las mejillas calentándose más allá de la venda.
(...)
La abandoné a la mirada hasta obligarla a hablarme:
- ¿Por qué no me tocas? -dijo.
(...)
Allí, en la convergencia de los músculos y el pubis, distinguí su sexo rojizo, húmedo; ella temblaba; jugaba a repasar el contorno de su boca con la lengua manchada. Acerqué la cuchara vacía hasta un punto en el que su ceguera no podía advertirle de mi intención, y sin embargo la intuyó, porque juntó de repente los muslos. Los volvió a separar cuando la rocé de nuevo: tenía la piel erizada, como si la hubiese dejado a la intemperie toda la noche. Rocé su pubis con el borde metálico, vencí los vellos lentamente, me dirigí con absoluta paciencia hacia los carnosos pliegues ofrecidos, semiocultos. "Ooohh", murmuró, pero con una voz repleta de sinceridad. Me detuve y repitió su plegaria desde la profundidad de la garganta. Llegué hasta su intimidad con mis improvisados dedos curvos, romos, metálicos, desprovistos de tacto. Se venció cuando quise separar delicadamente sus pequeños pétalos, juntó de nuevo los muslos, se protegió el sexo con las manos, respiró con un sonido potente, como si hablara. No volvió a abrir las piernas, se inclinó sobre la mesa de cristal, derramó sus compactos rizos sobre la superficie, escondió la cara enrojecida.
Permanecí un rato observándola hasta que la vi sonreír.
José Carlos Somoza.

viernes, 23 de noviembre de 2007

Para nada

Trabajé el aire
se lo entregué al viento:
voló, se deshizo,
se volvió silencio.

Por el ancho mar,
por los altos cielos,
trabajé la nada,
realicé el esfuerzo,
perforé la luz
ahondé el misterio.

Para nada, ahora,
para nada, luego;
humo son mis obras,
cenizas mis hechos.

...Y mi corazón
que se queda en ellos.
Ángel González.

jueves, 22 de noviembre de 2007

Recuerda que tú existes tan solo en este libro

Recuerda que tú existes tan solo en este libro,
agradece tu vida a mis fantasmas,
a la pasión que pongo en cada verso
por recordar el aire que respiras,
la ropa que te pones y me quitas,
los taxis en que viajas cada noche,
sirena y corazón de los taxistas,
las copas que compartes por los bares
con las gentes que viven en sus barras.
Recuerda que yo espero al otro lado
de los tranvías cuando llegas tarde,
que, centinela incómodo, el teléfono
se convierte en un huésped sin noticias,
que hay un rumor vacío de ascensores
querellándose solos, convocando
mientras suben o bajan tu nostalgia.
Recuerda que mi reino son las dudas
de esta ciudad con prisa solamente,
y que la libertad, cisne terrible,
no es el ave nocturna de los sueños,
sí la complicidad, su mantenerse
herida por el sable que nos hace
sabemos personajes literarios,
mentiras de verdad, verdades de mentira.

Recuerda que yo existo porque existe este libro,
que puedo suicidarnos con romper una página.
Luis García Montero.

lunes, 19 de noviembre de 2007

Así era (de Alegría, 1947)

Canta, me dices. Y yo canto.
¿Cómo callar? Mi boca es tuya.
Rompo contento mis amarras,
dejo que el mundo se me funda.
Sueña, me dices. Y yo sueño.
¡Ojalá no soñara nunca!
No recordarte, no mirarte,
no nadar por aguas profundas,
no saltar los puentes del tiempo
hacia un pasado que me abruma,
no desgarrar ya más mi carne
por los zarzales, en tu busca.

Canta, me dices. Yo te canto
a ti, dormida, fresca y única,
con tus ciudades en racimos,
como palomas sucias,
como gaviotas perezosas
que hacen sus nidos en la lluvia,
con nuestros cuerpos que a ti vuelven
como a una madre verde y húmeda.

Eras de vientos y de otoños,
eras de agrio sabor a frutas,
eras de playas y de nieblas,
de mar reposando en la bruma,
de campos y albas ciudades,
con un gran corazón de música.
José Hierro.

lunes, 12 de noviembre de 2007

La llave del abismo (fragmento)

Aquella madrugada, dos horas antes de incorporarse a su turno en el Gran Tren, Daniel despertó y comprobó que Bijou ya estaba vistiéndose. Se besaron, y él le contó el sueño que acababa de tener, en el cual no la conocía y se encontraban de repente.
—¿Y qué era lo bonito? —preguntó Bijou peinándose el largocabello castaño frente al espejo—. ¿Que no me conocías o que nos encontrábamos de repente?
—La alegría de conocerte de nuevo —respondió él, y añadió—:Eh, me ha salido una frase estupenda.
—Ya me había dado cuenta.
Bijou tenía un año menos que Daniel, pero parecía todavía más joven. Al mirarla, Daniel pensaba en la niña que ella había sido alguna vez, de grandes ojos oscuros que semejaban ventanas abiertas hacia su interior. Y otro detalle que amaba de ella: casi nunca sonreía, pero siempre estaba alegre. Daniel suponía que solo la gente triste necesitaba sonreír.
José Carlos Somoza.

miércoles, 7 de noviembre de 2007

El largo viaje (fragmento)

Pero he aquí el valle del Mosela. Cierro los ojos y saboreo esta oscuridad que me invade, esta certeza del valle del Mosela, fuera, bajo la nieve. Esta certeza deslumbrante de matices grises, los altos abetos, los pueblos rozagantes, las serenas humaredas bajo el cielo invernal. Procuro mantener los ojos cerrados, el mayor tiempo posible. El tren rueda despacio, con un monótono ruido de ejes. Silba, de repente. Ha debido desgarrar el paisaje de invierno, como ha desgarrado mi corazón. Deprisa, abro los ojos, para sorprender el paisaje, para cogerlo desprevenido. Ahí está. Está, simplemente, no tiene otra cosa que hacer. Podría morirme ahora, de pie en el vagón atiborrado de futuros cadáveres, él seguiría ahí. El valle del Mosela estaría ahí, ante mi mirada muerta, suntuosamente hermoso como un Breughel de invierno. Podríamos morir todos, yo mismo y este chico de Semur-en-Auxois, y el viejo que aullaba hace un rato sin parar, sus vecinos han debido derribarle, ya no se le oye, él seguiría ahí, ante nuestras miradas muertas. Cierro los ojos, los abro. Mi vida no es más que este parpadeo que me descubre el valle del Mosela. Mi vida se me ha escapado, se cierne sobre este valle de invierno, es este valle dulce y tibio en el frío del invierno.
Jorge Semprún.

lunes, 5 de noviembre de 2007

El buen amor, de A veces el gran amor

Pared contra pared la soledad más fea y amarilla te encerró te apartó de todo lo que amabas o era tuyo y con pasos de zorra se metió en el reloj y empezó a trastocar todas las horas para que no supieses ni pudieras notar que terminaba tu tiempo en el festín y así fue como un sucio desaliento se echó sobre tus hombros tal un pájaro enorme en una madrugada sórdida y cruel con aires de desgracia y fue entonces recuerda cuando en el abandono o desamor pronunciaste su nombre repetiste su nombre como un niño perdido entre la sombra. Por azar o conjuro tal nombre te ha devuelto a los días de la más clara luz y ahora notas la brisa el fresco olor de un sitio que conoces, de una casa rodeada de flores y senderos donde el sueño cruza por galerías altísimas y blancas como velas de un navío al largar y jugando te ocultas al final de un pasillo y aguardas que llegue la muchacha que quieres y la asustas con las hojas de un ramo de laurel y cuando ella se ríe contra tu pecho huérfano ya sientes que su piel y su pelo tienen gusto de mar que está temblando y que sus labios queman. Ahora ya no despiertas en horas miserables cuando un frío de angustia estremecía la noche en bancarrota acuchillando tu cansancio hasta el alba, ni tienes pesadillas o apariciones súbitas ojos sin rostro de personas que amabas y desaparecieron alejándose tal faros en la niebla y tampoco es preciso que cuentes hasta mil o que enciendas todos los cigarrillos que tu insomnio pedía para alcanzar la total desmemoria ya que todo es distinto cuando ella está contigo, cuando sientes que respira en la almohada junto a ti y que sus manos te acarician mientras el sueño cae. No quieras indagar, deja perderse el humo, el turbio vaho de años de penitencia: un tiempo que fue tuyo y que ahora no reconocerías; sube hasta los balcones de la mañana y canta canta sin más a la esperanza al viento a los caminos que aquí te devolvieron por conjuro o azar y dile a esta muchacha lo que antes no sabías, cuéntale que cruzabas perdido por lugares sin nombre, que fuiste enfermo y ella te sanó, que escuchando su voz te sientes renacer y amas la vida porque te ha dispensado la fortuna y la gracia de conocer el hondo el buen amor.
José Agustín Goytisolo.