La ciudad está lejos, está prohibida. Aún no es nuestra. Vive lejos, habitada por personas inquietas y niños que caminan sin ser reconocidos y entran en los almacenes por una claraboya, viajan sin pagar en la plataforma abierta y van dejando arena a través de un embudo para frenar las ruedas del tranvía. Los niños en la ciudad crecen con piel oscura, cabellos casi azules y los ojos como almendras de luz mate.
Los niños pueden ver todas las tardes, a contraluz de las plazas, desde lo alto de los balcones acristalados, el perfil huidizo de los habitantes nómadas, gentes apenas hechas, estatuas que pasan y nadie sabe nada de su tiempo inhumano.
Los niños pueden ver todas las tardes, a contraluz de las plazas, desde lo alto de los balcones acristalados, el perfil huidizo de los habitantes nómadas, gentes apenas hechas, estatuas que pasan y nadie sabe nada de su tiempo inhumano.
Xosé María Álvarez Cáccamo.
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