Cuando se topa con un presbítero, se pone muy nervioso y se agarra al objeto de hierro que tenga más a mano, porque es cosa cierta que el contacto con este metal deshace el sortilegio de las sotanas. Si coincide con alguien pronunciando a un tiempo la misma palabra, es indispensable que se den el dedo meñique de la mano izquierda, y tras de una breve sacudida queda roto el encanto.
Pero lo que a Basilio le irrita hasta la demencia es que se le acerque un mirón tuerto cuando está jugando. De ahí nace el odio asesino, irreconciliable, que Basilio profesa al señor Catafalco.
Emilio Carrere.
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