domingo, 25 de febrero de 2007

La torre de los siete jorobados (fragmento)

Basilio Beltrán es un jugador supersticioso. Lleva una moneda rota y dos cuernecillos de marfil pendientes de la cadena del reloj. Se sienta invariablemente a la izquierda del banquero; los viernes no juega, porque es un día nefasto, y cultiva con verdadero cariño la amistad de todos los jorobados de Madrid, porque cree que estas simpáticas y tristes tortugas humanas llevan en su mochila el talismán de la buena ventura.
Cuando se topa con un presbítero, se pone muy nervioso y se agarra al objeto de hierro que tenga más a mano, porque es cosa cierta que el contacto con este metal deshace el sortilegio de las sotanas. Si coincide con alguien pronunciando a un tiempo la misma palabra, es indispensable que se den el dedo meñique de la mano izquierda, y tras de una breve sacudida queda roto el encanto.
Pero lo que a Basilio le irrita hasta la demencia es que se le acerque un mirón tuerto cuando está jugando. De ahí nace el odio asesino, irreconciliable, que Basilio profesa al señor Catafalco.
Emilio Carrere.

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