miércoles, 3 de enero de 2007

El precio de su recuerdo

Apenas terminé de leer, el reloj dio las doce y media. Quise entender y deduje que el hombre había guardado la carta cuarenta años porque a todos puede hacernos falta leer en algún momento que somos lo único del mundo. Sobre todo si lo escribió otra mano, por ejemplo una tan briosa y desenvuelta como la que había dibujado en tinta azul aquellas palabras. Las fotografías también eran comprensibles. A cualquiera, aunque no lo confiese, le importa su propio recuerdo. Lo que no entendí fue que el hombre se hubiera dejado el sobre dentro de la maleta.

Todas las mañanas a las doce y media, cuando es invierno, cierro un rato la tienda y voy a un sitio que queda a un par de manzanas a tomar un café caliente. Aquel día llegué con un poco de retraso. Pedí mi café y mientras esperaba reparé en su presencia. El hombre que me había vendido la maleta estaba sentado en un rincón, solo, viendo cómo lloviznaba tras los cristales. Declaro aquí que hice el plan de tomar el café e irme antes de que él me descubriera, para no tener que hablarle. Pero me acerqué a su mesa...

Lorenzo Silva. El precio de su recuerdo.

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