Todas las mañanas a las doce y media, cuando es invierno, cierro un rato la tienda y voy a un sitio que queda a un par de manzanas a tomar un café caliente. Aquel día llegué con un poco de retraso. Pedí mi café y mientras esperaba reparé en su presencia. El hombre que me había vendido la maleta estaba sentado en un rincón, solo, viendo cómo lloviznaba tras los cristales. Declaro aquí que hice el plan de tomar el café e irme antes de que él me descubriera, para no tener que hablarle. Pero me acerqué a su mesa...
Lorenzo Silva. El precio de su recuerdo.
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